Ayer estaba dando una vuelta por la Casa del Libro de Madrid.
La que está en Gran Vía.
Me gusta especialmente esa. Tiene un sótano lleno con todo tipo de cómics. Aunque yo no soy muy de leer cómics, me gusta echar un ojo. Ver las diferencias entre los japoneses y los americanos. Las versiones españolas de los personajes americanos como Batman en Benidorm y cosas así que solo se ven en una tienda de cómics.
Y también me gusta dar una vuelta por la sección de psicología y desarrollo personal.
La verdad es que lo hago un poco desde cierta malicia.
Porque, aunque hay auténticas joyas como Hábitos Atómicos, lo cierto es que la mayoría de los títulos que exponen me parecen una cursilería.
Igual alguno de esos está bien, pero venga…
“Optimismo Vital”
“La Inutilidad del Sufrimiento”
Y mirando las portadas de las decenas de libros que incluían la palabra optimismo en la estantería, me recordó mi pasado optimista.
Hace 10 años, mi energía diaria estaba enfocada en resolver mis preocupaciones. En calmar la tensión que sentía. La tensión que aparecía como un tsunami golpeándome cuando menos lo esperaba.
Yo podía estar sentado a la mesa con mi familia, pero solo de cuerpo presente. Mi mente, por su parte, estaba analizando ese pensamiento molesto que aparecía a diario acompañado de ese golpe de tensión en el pecho.
Mientras por fuera mi cara fingía atención en una conversación, por dentro estaba librando una batalla.
Deseaba calmar la tensión como fuera.
Que no volviera a aparecer esa preocupación.
Ya la había entendido.
Ya la había dado muchas vueltas.
¿Qué necesitaba para calmarla?
No lo sabía, pero sí creía esto:
Que ese estrés constante era pasajero.
Que el tiempo se lo llevaría.
Que algún día mi mente por fin entendería mis argumentos y no tendría que preocuparse del futuro aterrador que dibujaba para mí.
Que si hacía las cosas bien todo se resolvería. Si encontraba un buen trabajo, me echaba novia, iba a la iglesia todos los domingos, aprobaba con buena nota… todas las dudas se despejarían.
Era demasiado optimista…
El tema es que la mente no es optimista.
¿Cómo va a serlo?
El cerebro que tenemos viene de cientos de miles de años de evolución. O más.
La herencia que tenemos dentro del cráneo ha visto a humanos refugiarse en cuevas durante milenios para no ser despiezados por un tigre dientes de sable o aplastados por un mamut.
O congelados por el frío de una glaciación.
O atravesados por una lanza en una guerra medieval.
O arruinados por el crack del 29.
Ha visto de todo y por eso teme cualquier cosa.
No va a ser optimista.
Ni falta que hace.
Porque, que la mente funcione de una manera, no quiere decir que tú no puedas manejarla.
Con la habilidad suficiente, puedes sortear esas preocupaciones y dar un contenido más favorable a tu mente.
A mí, afortunadamente, el optimismo se me acabó hace mucho tiempo y eso me llevó a tomar acción. A meterme en un viaje de no retorno que me llevó a conquistar esa paz que tanto ansiaba hace una década.
Sí, a veces aparecen esos pensamientos de ruina, caos y futuros aterradores, pero no es igual. Ya no vienen acompañados de la ola de tensión de antes.
Es más, ahora que yo no soy un optimista, mi mente ha encontrado un espacio donde serlo.
Al haberle dado un contenido nuevo en el que el propio cerebro ha visto que todas esas preocupaciones han ido cayendo, que los cambios han ido ocurriendo, las películas que se monta son otras.
Más placenteras.
Por tu paz,
Manuel Umbert.
PD: Para más claves sobre el estrés tienes mi newsletter gratuita aquí debajo.
