Era complicado.
Llegar a casa después de un día de trabajo agotador, rutinario, donde cada cosa que hacía me parecía la misma que la anterior… con un jefe que quería todo para ayer, aunque el resto de la empresa pasaba del trabajo…
Sentarme delante de un documento de Word en formato de plantilla de texto de 50 páginas para rellenarlo como si fuese un robot me estaba matando por dentro.
Y así todo el día.
En mi cubículo de oficina.
Rodeado de personas que hablaban desde su lugar sobre lo bien que estaría sacarse una oposición en una empresa pública, para salir siempre a la hora, estar muy relajado y tener un puesto mejor pagado que la media en España, de por vida…
En aquel momento no sabía cómo interactuar con ellos.
Fingía una sonrisa para que no pensaran que estaba amargado.
Pero lo estaba.
El estrés de no encontrarme en mi lugar, de visualizarme en un trabajo así de por vida, de verme en el futuro como mis compañeros de entonces, con 40, 50, 60 años… me daban ganas de llorar cuando llegaba a casa.
¿En qué momento me metí yo en ingeniería…?
-pensaba-
Durante esa época de estrés existencial, de vivir entre picos de tensión y desgana máxima, empecé a entrenar ciertas habilidades que encontré en unos mentores poco comunes.
Buscaba estar en paz, nada más. Encima del trabajo que tenía, por lo menos, hacer del camino algo más pacífico para mí.
Pero pasó algo que no esperaba.
No solo el estrés desapareció, sino que todas mis habilidades se multiplicaron.
Empecé a tener más claridad. Las nubes de preocupación se disiparon y dieron paso a una imagen cada vez más nítida de lo que quería.
Emergió una confianza que nunca había experimentado y dejé el trabajo, me libré de amistades tóxicas, y empecé a priorizarme.
Hoy hago lo que quiero, vivo en paz, me encanta mi trabajo y no tengo vampirillos en mi entorno que me quiten tiempo y energía.
Me enamoré tanto del proceso de cambio que, tras años de practica intensa y a conciencia, ahora me dedico a ello.
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Por tu paz,
Manuel Umbert.
