Mira, hay momentos en los que poco más puedes hacer.
Por ejemplo.
Está ya oscuro.
Vas de camino a casa y hay un tráfico tremendo.
Ha sido un día demasiado intenso desde el primer momento. Has recibido muchas llamadas, reuniones, tuviste una bronca gorda con tu equipo, ni siquiera has tenido un momento para un café… en fin, no has dado abasto y estás agotado.
Para colmo, discutiste ayer con tu pareja y hoy ya vas tarde a una cena en la que vais a hablar de algo importante.
Tú le escribes mensajes de que ya estás en camino, pero no tienes respuesta.
Sabes que se ha cabreado.
Los coches no avanzan y tú, entre el cansancio que llevas y la posible discusión que te espera luego, empiezas a apretar el volante, tus músculos se tensan, rechinas los dientes, notas un nudo cada vez más fuerte en el estómago…
¿Crees que hay alguna técnica que puedas aplicar ahí, sentado en tu coche con el sistema nervioso al límite?
¿Qué puedes hacer en esos casos?
Nada.
Ríndete.
Lo que ha pasado durante el día ya está hecho.
Que tu pareja no responda, o el tráfico, está fuera de tu control.
Tu sistema nervioso está en un punto en el que no es gestionable mediante una práctica u otra.
En esos momentos en los que tu sistema nervioso está desbocado como un caballo salvaje, lo más útil para conectar con tu calma no es lanzarle el lazo e intentar atraparlo.
El caballo se revolverá más y te soltará una coz.
Déjale suelto. Que corra, que se desfogue.
Ya cuando se canse te acercas y lo domas.
Déjate en paz.
Acepta que los coches se moverán cuando se tengan que mover, que tu pareja pensará lo que piense y que, cuando llegues, pasará lo que tenga que pasar sin que puedas hacer mucho más.
Ahí le das una oportunidad a tu sistema nervioso de que se equilibre de nuevo.
Domar caballos no sé, pero salir del estrés sí y de eso hablo en mi newsletter. Aquí debajo puedes suscribirte gratis.
Por tu paz,
Manuel Umbert.
