Piensa en esa persona que se pasa en rebeldía toda la adolescencia… discute con sus padres, no les hace ni caso…
Pero cumple 18, se relaja un poco más y cede a la presión familiar de hacer una carrera. No le gusta demasiado lo que va a estudiar, pero le han conseguido inculcar el miedo a que sin una carrera puede acabar muy mal, o que es una forma de tener algo seguro, por si acaso.
Pasa el primer año de universidad, y aunque no le gusta lo que estudia, esta persona está conociendo a gente nueva, está más o menos bien en este nuevo entorno…
Llega el segundo año…
Las asignaturas empiezan a pesar más… va reconociendo que eso no es lo suyo…
El buen rollo con los amigos del primer curso va dando paso a un ambiente más enfocado en la carrera, que a nuestro protagonista también le cansa…
Y al tercer año, cuando aún le quedan un par de cursos, reconoce que hasta aquí.
Que eso no es lo suyo.
No sabe lo que quiere, pero sabe lo que no quiere. Así que, tras una discusión con su familia, abandona los estudios, hace su maleta y se va a probar suerte a otro país, sin tener ni idea de qué va a hacer.
Empieza malviviendo con trabajos que le agotan, que no le llenan y, desde luego, que no apuntan a la vida que está buscando.
Pero sigue probando, y entonces lo encuentra.
Da con una habilidad que le gusta y se le da bien.
La desarrolla.
Se vuelve un experto en esa habilidad.
Y crea una empresa para enseñar con maestría esa habilidad a otras personas. No solo se hace de oro, sino que ha encontrado la libertad e independencia que buscaba.
Este personaje refleja la idea detrás de la paz autónoma.
Muchas terapias para salir del estrés se basan en poco más que en que los clientes vayan a consulta, les digan que eso que piensan no es verdad, que eso que les estresa es improbable que ocurra, analicen su infancia, les pongan un diagnóstico y les den medicación para relajarse.
Y así durante años.
Es una paz prestada que tiene las patas muy cortas y provoca que la persona dependa de ese terapeuta para estar en paz.
La paz autónoma es justo lo contrario.
Depende exclusivamente de la habilidad de uno mismo para conectar con su paz.
Y de esas habilidades es de lo que suelo hablar en mi newsletter. Puedes suscribirte gratis aquí debajo.
En la siguiente entrada, veremos a la hija mayor de la paz productiva, mi favorita.
Por tu paz autónoma,
Manuel Umbert.
