Imagina la siguiente situación:
Una persona está trabajando y no delega lo más mínimo. Durante el día, esa misma persona toma todas las reuniones, redacta documentos desde la oficina, responde a todos los mails, se encarga de las relaciones con otros departamentos de su empresa, etc.
Y todo lo hace sin parar, con una tensión creciente a lo largo del día.
Pero, en algunos momentos, cuando termina una tarea, cuando ha preparado un documento muy currado, lo adjunta a un mail, redacta el cuerpo del mensaje y pulsa enviar… ocurre algo.
En ese instante en el que la flecha del ratón pulsa “enviar”, siente un alivio que dura unos momentos.
Es una sensación de placer que dura muy poco, pero a la que el cerebro es adicto. Muy adicto.
El juego es el siguiente: la persona siente tensión por todo lo que tiene que hacer, se pone a trabajar sin parar, con una sensación de presión en el pecho o en el estómago cada vez más fuerte, termina y siente ese alivio momentáneo.
Y vuelta a empezar. Haciendo que esa persona llegue agotada al final del día.
Su vida se convierte en un ciclo de estrés-alivio instantáneo.
Ese alivio que busca el cerebro es el principal reto para superar el estrés, porque es lo que refuerza los hábitos que te podrían estar alejando de la paz que buscas.
Cuando detectes un hábito que alivie la tensión por unos momentos y luego vuelvas a sentirte con estrés, toca replanteárselo.
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Por tus rituales de regulación,
Manuel Umbert.
